La ciudadanía se puede definir como "El derecho y la disposición de participar en una comunidad, a través de la acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público."

domingo, 21 de noviembre de 2010

El Homo Identitarius

Fuente: Una de cal... y la otra también

A los monos nos gustar andar en manadas. Por mucho que hayamos adquirido ciertas costumbres –cepillarnos los dientes, leer el periódico, componer sinfonías o elaborar teorías sobre el origen del universo- no podemos desprendernos del todo de la inmensa carga genética que hemos ido acumulando durante decenas de millones de años. Y ciertos monos más listos –o quizás tan sólo más oportunistas- han conseguido sacar provecho personal de esa tendencia, encapsulándola en conceptos más elegantes como fet diferencial, identidad y milongas afines.

Los políticos “identitarios” saben lo fácil que resulta manipularnos si previamente nos han convencido de que los que vivimos en el territorio que pretenden dominar “somos diferentes” y que, consecuentemente, “somos mejores” que los de otras partes. Tras eso, es relativamente fácil convencernos que les demos todo nuestro apoyo –y nuestra fe en su inefabilidad- para que ellos nos protejan de los otros, o sea, los distintos, los “no tan buenos como nosotros”.

Argumentar ese intento de silogismo es fácil. No importa la calidad de los argumentos. Se puede echar mano de hechos históricos reales o inventados, del factor Rh -¡qué cosa ésta, nuestros primos primates, los macacos rhesus!-, de la excelencia de nuestros “logros culturales y morales” respeto a la estupidez y la inmoralidad de los otros, de que somos herederos –genética y culturalmente- de los “padres de la patria”, aquellos titanes que fueron los primeros en darse cuenta de nuestra singularidad y de sacrificarse por ella… La lista de idioteces no tiene fin.

Una vez logrado el propósito y a solas, colocados los prohombres más auténticamente nuestros en los puestos claves de la tribu, la comida estará servida y se podrán dar el lujo de hincarnos el diente a sus anchas. No habrá nada que hacer. Les habremos dado todos los recursos –los legales, los políticos, los ideológicos- para que nuestro trabajo diario les engorde sus barrigas y les pague sus caprichos hedonistas. Y no podremos quejarnos y acusarles de corrupción, de traición o de lo que sea: no habrá lugar donde hacerlo, porque en todos los puestos claves de la tribu habrá alguien presto a estigmatizarnos con la peor de las condiciones: “¡Eres de los otros!”

Nótese que todos los delirios identitarios recientes están siempre asociados a territorios, no a comportamientos o a modos de pensar; de nada les sirve a los interesados definir una identidad si luego no pueden ponerla a trabajar a su favor y darles el poder local que ansían. Para sacar provecho del discurso, éste ha de tener consecuencias políticas, es decir, ha de estar contextualizado en un espacio físico, previamente delimitado por fronteras. Y es que, de nuevo, sacan partido de un comportamiento genéticamente condicionado: el derecho al territorio.

Sin embargo, hay algunas características de los primates superiores que nos hace mejores como humanos, por ejemplo, la curiosidad y la capacidad de reflexión.

Gracias a la primera, nos puede dar por indagar en bibliotecas y hemerotecas y sorprendernos de cuanta demagogia y falsedad hay en los discursos identitarios. En entregas posteriores intentaré contribuir algo en este sentido. La segunda nos previene contra todo lo que no encaje en el sentido común y nos plantea preguntas como: ¿quiénes son los auténticos nosotros?, ¿cómo puedo probar mi autenticidad?, ¿por qué mi territorio llega justo hasta donde me dicen y no unos kilómetros más o menos?, ¿qué me hace tan diferente de los otros?, ¿acaso no hay entre los nuestros mucha gente que comete justo los mismos pecados que me han dicho que son propios de los otros?... Y luego la última y definitiva pregunta: ¿No hay asuntos más importantes en mi vida, en las de los nuestros y en las de los otros, para seguir perdiendo el tiempo con estas tonterías identitarias?

Mi consejo es que aprovechemos, ahora que podemos participar en el juego democrático –porque todavía parece que lo respetan algo-, y vayamos a votar por el partido al que le preocupen los problemas reales de la gente como usted y como yo. Nos llevará unos minutos y nos ayudará a que esos otros, o sea, los identitarios, no tengan tanto margen de maniobra. Yo votaré por Ciutadans.

Alejandro Rosales

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